Una agenda llena puede producir una sensación engañosa de avance. Hemos revisado, alineado y comentado muchas cosas. Al terminar el día, sin embargo, la propuesta sigue en el mismo punto y alguien tendrá que trabajar cuando las reuniones hayan acabado.
El problema no es reunirse. Hay conversaciones que evitan semanas de confusión y decisiones que necesitan miradas distintas. El problema es convocar sin saber qué debería quedar resuelto o incorporar a personas cuya única función será escuchar información que podrían leer.
El tiempo creativo necesita continuidad. Entrar en un problema, explorar caminos y descartar los primeros exige algo más que los quince minutos que quedan libres antes de la siguiente llamada. Fragmentar la jornada puede obligar a empezar varias veces el mismo trabajo.
Una mejora sencilla consiste en definir el resultado esperado de cada reunión. Decidir entre opciones, resolver una duda o compartir un cambio no requieren necesariamente las mismas personas ni la misma duración. También ayuda enviar el contexto antes y registrar después lo acordado.
La responsabilidad corresponde a quien dirige y a quien participa. A veces aceptamos una convocatoria para demostrar implicación, aunque sepamos que nuestra presencia no cambiará nada. Poder plantearlo sin parecer poco colaborativo forma parte de una cultura de trabajo razonable.
Estar disponible todo el día puede dejar muy poco tiempo para aportar. Una agencia debería cuidar la atención de su equipo con la misma seriedad con la que administra la atención que compra para sus clientes. Ambas son limitadas, y ninguna mejora simplemente por ocuparla entera.




